17.11.10

Debajo de tus alas, te miro atentamente

Debajo de las nubes gateaba al olvido de quienes me engendraron.

Mientras un ángel descendía del cielo empapado en un haz de luz y de fuerza, celoso de mis peligros, bajo su vuelo con la misión de protegerme a las órdenes de su propio corazón.

Este ángel se encargó, durante toda mi niñez, de enseñarme y de hacerme rico en sentimiento.
Me enseñó a sufrir por dos, a sentir, a amar, a morir si fuese necesario, a ser uno.

Poco a poco fui creciendo a su lado. Nunca despegó su vuelo si no era para ascender al cielo, cuando descubría sin querer, el infierno que nos rodeaba.

Disfrazaba las llamas del infierno con el calor de su amor, el desprecio del aquel ser irracional lo disminuía con el abrazo de su alma. Era capaz de librar batallas en silencio solo por no desvelar mi sueño, sufrir el látigo de aquel demonio solo para que la tez de mi piel siguiera intacta, elevar el sonido del las trompetas para convertir en insonoros los gritos desgarradores de aquel ser.

Después de todas estas hazañas para librarme de aquel infierno me enseñó el secreto para sustentar nuestro reino, lo llamó: La Ley del Cariño.

No me dio ninguna pauta, simplemente estar cerca de él hacia infinito nuestro amor, única nuestra soledad, inimaginable la compresión.

Con el paso del tiempo los aires de la vida separaron en espacio a este ángel de mí, y sin darme cuenta fui sumergido por las llamas del infierno hasta el punto de casi perder calcinado el corazón.

Sin embargo, este ángel, nunca me perdió la pista, ya que siempre tuvo oídos para los latidos de su corazón siamés. Cuando las llamas nublaban mi vista siempre volaba hacia mí, para despegarme del lugar y llevarme a su reino.

Nunca jamás este infierno pudo con nosotros y ninguno otro hubiera podido rozarnos, juntos éramos invencibles.

Pero algo con lo que no contábamos estuvo a punto de arrebatarnos este sueño en vida, este reino infranqueable, nuestro amor convertido en fortaleza.

Después de tanto volar, salvándome de peligros, cuidando que su vuelo no despertase a los demonios latentes en las corrientes de la vida, el peor de todos éstos quiso arrebatarle su ala izquierda.

Entonces desperté, mis alas despegaron con la fuerza de un huracán, no existía aliento porque no respiraba, sentí el miedo y nuestro reino perdió luz por unos instantes.

No derramé ni una lágrima delante de mi ángel, no conoció el miedo en mí, siempre rondaba su regazo observándolo, mirando como el peor de los demonios agarraba su ala.

Toda la fuerza de mi vida por momentos titubeaba, no podía concebir tanto dolor, tanta inseguridad, entregarle la vida de mi ángel a las garras del demonio que entierra los sueños y devuelve cenizas.

Supongo que el destino sabía que si este ángel ascendía para no volver también el rebufo de sus alas arrastrarían mi vida con él.

Gracias.

2 Bastardos Ilegítimos:

  1. No puedo leerlo sin llorar. Tanto dolor. Tanto amor.
    Gracias a ti.

    ResponderSuprimir
  2. "También verde agua se llamaba aquel color, que para mí es aún el color del amor”.

    Verde agua, Marisa Madieri

    ResponderSuprimir